RECUERDOS DE MI EXPERIENCIA EN JAGÜEY

¿VALIÓ LA PENA?

Este interrogante me lo hice cuando, en Enero de 1997, llegué de nuevo a Cuba. En el transcurso de los casi nueve años que viví en Jagüey, me ha surgido varias veces esta pregunta.

En un principio, casi un año, me costó  descubrir que el Señor Jesús estaba aquí y algo grande esperaba de mí.

Empecé a hablar con la gente: niños, jóvenes, ancianos, vecinos, catequistas…y, poco a poco,  fui entrando en vuestras casas: Jagüey, Caletón, S. Ramón, Mario López; y se fue creando una corriente afectivo-espiritual que marcó mi vida hasta nuestros días.

Os quise y me dejé querer de tal manera, que cuando Dios me pidió el sacrificio de separarme de vuestras vidas, empecé a valorar que valía la pena estar, vivir, sufrir con vosotros toda esta realidad cubana, Tierra Sagrada, para mí, a la que había que entrar con respeto, admiración y mucho amor.

Hicimos el camino juntos, con el corazón abierto a todos; y el signo, nuestra propia casa que, desde un principio, fue vuestra: sencilla, acogedora, donde llegaron jóvenes y viejos, blancos y negros, católicos y no católicos. Casa abierta para compartir un saludo, una experiencia de vida, una tacita de café, una medicina, un lápíz, teléfono, un lugar para descansar, como Jesús en Betania… Hablábamos, nos escuchábamos, nos alentábamos mutuamente. Recibir unas naranjas, un dulce de guayaba para el postre, unos mangos ¡qué ricos…!, hacía que nuestra amistad y cariño creciera más y más y el Espíritu de Cristo Resucitado se hiciera presente en este pueblo, en esta Comunidad que palpita, ora, celebra bajo nuestra humilde labor, iluminada por el espíritu de S. Felipe Neri que llenó de gozo el corazón de cada uno.

Hoy me pregunto de nuevo: ¿Valió la pena? Claro que valió la pena.

Agradezco a Dios, a mi Congregación, a la Iglesia de Jagüey, a mis hermanas con las que conviví, y a todos vosotros el Don maravilloso de estar y compartir esta etapa de mi vida en Cuba, concretamente en Jagüey.  Fue un oasis en medio del desierto que, a veces tuve que atravesar, siempre segura de que Dios estaba conmigo.

También siento una gran tristeza que se cierre la puerta que siempre estuvo abierta, y deseo que la presencia Filipense, además de ser una experiencia de Dios en Jagüey, se convierta en un recuerdo perenne en el corazón de cada una de las personas que están marcadas con el espíritu de San Felipe Neri: alegría, oración, ternura, humildad, caridad, amor a María… hoy y siempre viva en El.

Como legado de nuestro paso por aquí será vivir este espíritu que hace casi 25 años el Espíritu Santo sopló “cuando las Hermanas Filipenses llegaron para quedarse y traían con ellas otro miembro más : SAN FELIPE NERI”

                               Siempre os llevo en el corazón

Maruja Martínez

R.F.