MÉJICO LINDO Y QUERIDO

           Siempre considere  una suerte el poder conocer nuevas gentes y nuevas tierras. El mundo es demasiado grande para reducirlo a mi tierra, a mi pueblo, a mi país… Bien es verdad que esas expresiones, aunque un tanto posesivas, te identifican y te enraízan, pero también pueden empobrecerte si no te abres a  conocer otros  pueblos y  otras culturas.

           Yo, en estos momentos, doy gracias a Dios de haber tenido la oportunidad de viajar a Méjico. ¡Qué gran país! No sólo por su extensión y densidad geográfica, sino porque el alma de sus gentes, acogedoras, cercanas, religiosas…lo definen así. Su canto, sus mariachis son una expresión afortunada del espíritu de ese pueblo. 

           Supongo que  de nuestro trabajo allí, concretamente en el D. F., ya habréis tenido oportunidad de conocer a través de las respectivas Delegaciones. Sí os puedo decir que lo hemos hecho con todo interés e ilusión, ahora bien, para que  lo escrito pueda pasar de los papeles a la vida, os necesitamos a vosotras, pues la tarea del G.G. y  de las Delegaciones será eficaz si  la base, es decir  las Hnas., la apoyan, y unidas  vamos descubriendo nuevos caminos para nuestra Congregación. 

           Pero  lo que yo hoy quiero transmitir es el testimonio que de las Hnas. de Méjico hemos recibido. En Xalpi, Ezequiel , TorreóN…  nuestras comunidades son auténticamente misioneras.

           Nada más llegar, tuvimos la oportunidad de conocer el parvulario, la obra social que en el D. F. las Hnas. están llevando a cabo. Tienen muchos proyectos de mejora, tanto de obra como de funcionamiento, para ello cuentan con la colaboración económica de algunos colegios de España como el de Alcalá. 
         
          En una de nuestras salidas, después de realizado el trabajo del Consejo Ampliado, visitamos todo el grupo a la Cdad. de Ezequiel Montes. Nos hicieron una acogida entrañable en el Centro Obrero, allí los laicos y los jóvenes nos explicaron en qué consistía su misión y los proyectos que tenían de cara al futuro. Después, todos juntos, visitamos las obras del nuevo Centro; realmente es un proyecto muy interesante, en el que colabora todo el pueblo. La comida, en la Casa de las Hnas.  la compartimos con los laicos más comprometidos y resultó  muy fraterna.  Allí nos encontramos con las  Hnas. de Torreón: Carmen  Melendro y Rosa Zúñiga; nos dio alegría, puesto que no entraba en el plan del viaje visitar Torreón. 
 
          Hna. Juli y yo tuvimos la ocasión de pasar unos días en Xalpi (en el estado de Guerrero), conviviendo y compartiendo la misión con Hnas: Lorena L. Mejía, Tere López y Mª Teresa Puigdomench. Salimos a las cuatro de la mañana del D.F. en la camioneta, con Hna. Lorena; fue un viaje de 8 horas, difícil de olvidar, pues una vez que se abandonan las  enormes autovías que rodean la capital, los caminos interminables se pierden en la montaña, siempre tan bella como amenazadora. 

           La Casa de las Hnas. se sitúa a orillas de la carretera, es pobre en demasía, pero si miras alrededor…  es «confortable», pues ya sabemos que en la vida todo es relativo. ¡Impresionante!, diría yo.

           En frente, como un altar, las inmensas montañas de la Sierra Madre Sur, a las que los indígenas luchan por arrancar  su medio de vida: el maíz.

          A través de un pequeño patio, en el que  se ordenan los grandes bidones de agua, se accede a la salita. Es el recinto donde la Cdad. recibe continuamente a la gente. Los niños son los visitantes asiduos; sentados en un  banco pacíficamente, esperan que Hna. Tere encienda la T.V. y les ponga los dibujos animados. Nunca he visto chamaquitos más quietos ni más lindos, a pesar de su desaliñado aspecto. Sus ojitos negros y profundos te miran esperando una caricia, mientras te tienden su mano murmurando: «santo», que  en su lengua «nahuac» quiere decir «buenos días».

          He observado con asombro que allí los niños no cuentan. Hay una gran diferencia con nuestros niños del  primer mundo, tan caprichosos y tan protagonistas.

          En nuestra estancia en Xalpi tuvimos la ocasión de acompañar a Hna. Lorena en sus viajes por la montaña para visitar los pueblitos (colonias), perdidos en las alturas.  La camioneta parecía estar familiarizada con aquellos caminos tan agrestes y difíciles como la misión a la que  conducían.

          Esa mañana, en  Cuapala, nos esperaba un grupo de mujeres indígenas, algunas con su chamaquito colgado del «rebozo». En una especie de local, tuvimos el encuentro. Después de las presentaciones, en ocasiones con ayuda de una mujer mayor, que hacía la traducción del «NÁHUATL» al español, Hna. Lorena conversó con ellas y les entregó el material necesario para sus trabajos de tejido, que luego intentarían vender en los mercadillos de artesanía.

         Por la tarde nos llevó Lorena a otro pueblo de la montaña: Tlacofepec (no sé si lo escribo bien). En una «casa» se reunieron varias mujeres indígenas, pues Lorena en esa ocasión pretendía enseñarles a hacer gelatina con sus propios productos y frutas. En medio de  la pobreza que nos rodeaba, el ambiente que se creó con la gente y con los niños era de lo más agradable. 
 
         En el mismo Xalpi  subimos varias veces con Hna. Mª Teresa Puigdomenech a lo alto del pueblo, cerca de la Iglesia, donde las gentes de Baleñá,  deseando colaborar con nuestra misión,  ha construido un local.  Allí las Hnas. han montado una especie de tienda, donde venden productos alimenticios básicos.   Eso  evita a la gente el tener que desplazarse y el comprarlos  más caros. Claro está que para que los productos estén allá arriba, (y subrayo la expresión «allá arriba», porque sólo Dios sabe qué alturas y qué caminos hay que salvar)  Hnas. Lorena y Tere tienen que ir a buscarlos a otros pueblos más grandes, cargarlos y colocarlos. Hna. Mª Teresa no tiene pereza, a pesar de su edad, de subir todos los días, mañana y tarde, y sentarse pacientemente esperando a los posibles compradores.

          En los días que nosotras estuvimos allí, hubo bastante movimiento, pues coincidió con la fecha en que el Estado les da una paga como ayuda y reconocimiento de ser el estado de Guerrero  uno de los  más pobres del país. Por supuesto que para recibir esa paga tienen que justificar una serie de condiciones, como por ejemplo que llevan los hijos/as a la escuela.

          Hay que reconocer que, aunque no tienen agua, tienen escuelas en sus tres grados: Primaria, Secundaria y Preparatoria. A esta última no llega casi ningún joven. Las muchachas, a los 17 años o antes son entregadas por el padre al hombre que más ofrezca: chivos, burros, gallinas…  Y para realizar esa «transación» siempre lo hacen a través de un mediador.
 
          Allí la mujer lo hace todo:  hijos, casa, trabajo en los campos, lleva los animales a abrevar, va a buscar el agua… El hombre con ser hombre y «tomar» lo tiene todo resuelto. Muchos jóvenes dejan los estudios y el pueblo y emigran buscando trabajo.

          Gracias a Dios y al esfuerzo  de las Hnas. se van notando algunos cambios positivos. En la reunión de laicos, a la que asistimos con Hna. Lorena, había 3 jovencitas que estaban estudiando en la Universidad. El contraste con el resto de los asistentes era muy grande.

           Lo que me admira y me alegra es haber visto  el trabajo que realizan estas Hnas. Para mí ha sido una gracia y un estímulo. Bien es verdad que he hablado de estas Cdades. concretas porque es lo que he conocido, pero estoy segura de que, en el mismo Méjico. en  Cuba, en la República Dominicana…   o en aquellos países en los que  se desarrollen estas misiones de frontera, otras Religiosas están entregando la vida. Por ello, nuestra Congregación debe darlo a conocer. Necesitamos que corra la vida, el entusiasmo, la ilusión por la vocación que hemos elegido… Detrás de estas Hnas. estamos todas, sosteniéndolas con nuestras oraciones, con nuestras aportaciones económicas, con nuestra valoración, con nuestro propio compromiso…

          El sentirnos Congregación nos enriquece, y el vivir lo positivo nos libera de miras estrechas y de pesimismos que nada tiene que ver con el carisma de Nuestros Fundadores y mucho menos con el Espíritu de S. Felipe Neri.

           Gracias a todas las Hnas. de Méjico que hicieron posible que nos sintiéramos en Casa. Les pido perdón por si he dado algún dato equivocado o si no he contado aquello que debí contar. Este viaje me ha hecho más universal y más Filipense.

                                                                                                                                                                                                                                  Mª Asunción Alonso