NADA MEJOR QUE SENTIRSE AMADO

«Es muy triste no sentirse amado, pero es mucho más triste  no ser capaz de amar» (Unamuno)

Todos de una forma u otra buscamos la felicidad, vamos dando tumbos por la vida deseando encontrar la fórmula mágica que nos conduzca a ella…  y no nos damos cuenta de que no hay patrones establecidos, porque cada uno somos únicos y es en libertad bien entendida que podremos ser lo que Dios desde un principio soñó para nosotros.

A veces con toda buena intención, queremos marcar el camino del otro, olvidándonos que cada uno ha de encontrar el suyo y que a nosotros solo se nos pide amar. He aquí un cuento con el deseo de que esas palabras mágicas nos ayuden a vivir en libertad y con gratuidad.

«Palabras mágicas»

Había una vez un niño que se llamaba Jesulín. Su padre era mago. Todas las mañanas, Jesulín se levantaba, se lavaba y se vestía a toda carrera, porque sus padres lo despedían en la puerta de la casa. El papá mago se acercaba a Jesulín y le decía al oído unas palabras mágicas que éste escuchaba lleno de emoción. Jesulín guardaba las palabras mágicas en el bolsillo de su camisa, muy cerca del corazón, y de vez en cuando, se detenía, sacaba sus palabras mágicas, las escuchaba de nuevo y seguía su camino lleno de alegría.

Jesulín tenía la costumbre de recoger a algunos amigos y amigas antes de llegar a la escuela; primero que todo iba a la casa de Miguelito, que era hijo de un policía de tránsito. El papá de Miguelito le decía a su hijo al despedirlo: «Ten cuidado al cruzar las calles… espera siempre a que el hombrecito del semáforo esté en verde. Cruza siempre las calles por el paso de cebra y no corras. Espera a que los carros se hayan detenido y ten cuidado con las bicicletas y las motos…» Y Miguelito salía siempre con una cara de ‘semáforo en rojo’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo… Luego iban caminando a casa de Conchita, que era hija de una dentista. Su madre la despedía todos los días con estas palabras: «Hija mía, no comas chucherías, ni golosinas, ni chicles… Lávate los dientes cada vez que comas algo; no mastiques muy rápido y ten cuidado con las cosas duras…», y le daba un cepillo de dientes, seda dental y un tubo de crema. Y la pobre Conchita salía con una cara de ‘dolor de muelas’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo…

Después los tres iban corriendo a casa de Campeón, que era hijo del dueño de un banco. A Campeón siempre lo despedía su papá en la puerta diciéndole: «Tienes que ser el primero, el mejor en todos los deportes y en todas las clases; a mi no me vengas con segundos puestos; siempre hay que ganar; ser el mejor de todos en todo… Ánimo; hay que vencer a los demás en todo». Y su padre le colocaba una medalla que decía por un lado «Soy el mejor» y por el otro decía «Soy el primero»… Y Campeón, salía siempre con una cara de ‘partido perdido’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo… Por último, pasaban a recoger a Tesorito; una niña muy bonita y muy bien puesta, hija de una familia muy rica; tenían una casa enorme, con una gran escalera a la entrada y un jardín muy bonito; todas las mañanas los padres de Tesorito salían a la puerta y le decían a su hija: «Tienes todo lo que necesitas; llevas dinero, comida, libros, cuadernos, esferos, lápices, colores, plastilina… Llevas de todo y no te falta nada; te hemos dado todo para que no tengas problemas en tu vida… Por eso no hace falta que te digamos nada más». Y así la despedían sin decir más… Y la pobre Tesorito salía con una cara de ‘felicidad fingida’…; pero al encontrarse con Jesulín, se daban un abrazo, y entonces, lo que era malo, no parecía tan malo…

Al llegar al colegio, sus amigos le preguntaron a Jesulín por las palabras mágicas; pero Jesulín no quiso revelarlas porque su padre se las decía sólo a él; y si las escuchaba otro, perderían su efecto mágico… De modo que los cuatro fueron una mañana, muy temprano, a la casa de Jesulín; esperaron escondidos, cerca de la puerta, a que llegara la hora en que salieran Jesulín y su papá mago; querían escuchar las palabras mágicas que le decían a Jesulín; pasó un rato y por fin salieron Jesulín y su papá mago… prestaron mucha atención y por fin escucharon las palabras mágicas: El papá mago le decía a Jesulín: «Hijo mío, te quiero mucho… ¡que tengas un día muy feliz!».

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