TE HE NEGADO SEÑOR…

No podemos decir que Pedro no haya amado a Jesús. Desde el inicio se entusiasmó con el Maestro y con la proclamación del reino, dejándolo todo para seguirlo (Mc 1,16-18). Sí, Pedro había dejado todo por el Señor. Entonces, ¿cómo fue posible que llegara a este punto dramático de su vida en que negó conocerlo?

Las causas hay que buscarlas a nivel espiritual, es decir, al interior del proceso de fe vivido por Pedro, y son fundamentalmente tres: Pedro se creyó mejor que el resto del grupo, estaba demasiado seguro de sí mismo y pensó que era él quién debía salvar a Jesús. Veamos las tres causas separadamente:

La primera causa es la arrogancia de Pedro que desprecia a sus hermanos.

Cuando Jesús anunció en la última cena que todos lo abandonarían (Mc 14,26), Pedro le respondió en modo intempestivo y casi altanero: “Aunque todos te abandonen, yo no” (Mc 14,29). Pedro pensaba que todos los demás eran capaces de abandonar al Maestro, excepto él. Él era distinto. Como el fariseo de la parábola, que daba gracias a Dios porque no era como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros, etc. (cf. Lc 18,9-14), también Pedro creía estar hecho de una pasta distinta de la que estaban hechos los demás hombres. Pedro no sólo se creyó mejor, sino que incluso llegó a juzgar a los demás, olvidándose de la palabra de Jesús: “no juzguéis y no seréis juzgados” (Mt 7,7). La vida le enseñó que no era mejor que los otros, que él también era capaz de negar y abandonar a Jesús.

La segunda causa es la exagerada confianza que Pedro tenía en sí mismo.

Por sí solo se cree capaz de hacer grandes cosas por Jesús. En la última cena, cuando Jesús anunció que sería abandonado por todos, Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (Mc 14,31). Y parece ser que todos los demás compartían también este mismo sentimiento, pues el evangelio añade: “Y todos decían lo mismo”. Pedro se creía fuerte y pensaba que con sus propias fuerzas sería capaz incluso de morir por Jesús. Este fue su gran error. Se olvido de lo que dice el Salmo 62, que el hombre es como “una pared que está a punto de caerse o como un muro agrietado” (Sal 62,4). Por eso este mismo salmista oraba así: “Sólo Dios es mi roca, mi salvación y mi fuerza: ¡no seré derrotado!” (Sal 62,6). Qué distinta a la actitud de Pedro, que estaba tan seguro de sí mismo y se olvidaba de poner su confianza en Jesús.

La tercera causa es la idea equivocada que tenía Pedro, que pensaba que su misión era salvar a Jesús, olvidándose que es siempre Jesús el nos salva a nosotros.

Pedro le prometió a Jesús no abandonarlo (Mc 14,29) e incluso llegar hasta la muerte por él (Mc 14,31). Estaba convencido que podía hacer algo por evitar el dolor y la muerte de Jesús. El evangelio de Mateo nos recuerda incluso que uno de los discípulos, que seguramente pensaba como Pedro, cuando llegaron a prender al Señor en el Huerto, “sacó la espada y, dando un golpe al criado del sumo sacerdote, le cortó una oreja” (Mt 26,51). También éste pensaba que se debía imponer la fuerza humana en los planes de Dios. A éste, Jesús le reprendió fuertemente aquella noche del prendimiento: “Guarda tu espada, que todo el que pelea con espada, a espada morirá” (Mt 26,52). Jesús no sólo condena abiertamente todo tipo de violencia, sino que deja claro que no es la fuerza del discípulo la que dará la salvación, sino la entrega del Maestro que, pasando por la debilidad de la cruz y de la muerte, fortalecerá a los discípulos después de su resurrección. No es el díscipulo el que salva al Maestro, sino que es el Maestro el único Salvador del discípulo.