Primer domingo de Adviento

Jesús advierte a sus discípulos que estén preparados para el horror.

Su lenguaje tendría que evocar nuestro temor a un apocalipsis ecológico, del que podemos ver los primeros indicios en  los incendios californianos, las inundaciones, la deforestación, los océanos contaminados por plásticos, el cambio en las estaciones y la fusión de los casquetes polares.

La negación es la primera reacción ante el miedo a la muerte.  Pero el miedo inevitablemente se construirá alterando todas las relaciones.

Detrás de cada manifestación de miedo hay el horror de la pérdida. La muerte despertada por todas las pérdidas que vamos experimentando.

Los hombres mueren de miedo, dice Jesús. Porque el miedo nos priva de la capacidad de amor.

A sus discípulos les imprime su mandato liberador.  Él no dice que vosotros los pecadores tenéis mucho que temer.  Dice “no tengáis miedo”   Manteneos de pie, dignificados en vuestra humanidad divina. Y “esperad”.

Esta es una enseñanza básica del Adviento: aprender a esperar.

La espera es una práctica que se aprende, como la meditación.

La mejor respuesta al horror del miedo es esperar, ya que esto desvela y libera en nosotros el recurso escondido de la esperanza.

La espera es el autocontrol, la atención y cuidado a nuestra salud mental y ecuanimidad, evitando el exceso, la adición y la ansiedad.

La espera consciente y esperanzada del discípulo, no la frenética impaciencia del consumidor.

Manteneos conscientes, nos dice, y orad en todo momento. Este es el otro tema central del Adviento: estar en estado de continua oración.

Los tiempos diarios de meditación desarrollan este estado.

Al comienzo de nuestra preparación para la Navidad, al menos hemos aprendido que no estamos esperando a Santa Claus.

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