Homenaje a la Madre Elisabeth

DESPEDIDA A MI PRIMERA MAESTRA (La Madre Elisabeth)

Hasta que no pasaron bastantes años de trabajo no me di cuenta de algo que a pocas personas les ocurre en la vida, y ha sido un milagro en la mía. He pasado prácticamente toda mi existencia junto a mi primera maestra, Elisabeth, y siempre creí que estaría aquí cuando yo dejara el colegio para decirme adiós. Sin embargo este momento me vuelve a pedir que sea yo la que tenga que despedirla.

Nos conocimos en el año 1963, yo tenía 4 años y pasé con ella mis primeros dos cursos de maternales. Entonces la recuerdo con el hábito, joven, guapa, serena, siempre con su tono de voz cálido y acogedor y aún no he olvidado aquella clase cerca del patio de los columpios con sus sillas y sus mesas de madera azul y aquel fresco de Jesús y unos niños pintado en la pared. Me veo jugando con las jarritas de lunares traspasando alubias y garbanzos y ella siempre atenta. Siempre pendiente de nosotros, aunque éramos muchos a su cargo en aquella época. Puedo verme siguiéndola como un “pollito” como los demás detrás de su “mamá del cole” En el mismo patio que hoy todavía forma parte de mi realidad, moviendo los bancos de madera gris para jugar a las casitas siempre bajo su tutela. También recuerdo mis primeras visitas a la capilla junto a ella. Fue quien me acogió y me dio la bienvenida sin necesidad de periodo de adaptación, aunque no quiero mentir, yo no quería venir al cole y lloré mucho, no sé si es que ya intuía que iba a estar aquí para siempre.

Si como maestra era un primor, no puedo decir menos como compañera. Cuando yo comencé a trabajar impartía la clase de tres años con el mismo porte, con la misma dedicación. Coincidíamos en el trato diario, en los cursos, en las reuniones y en las celebraciones. Siempre correcta, siempre como que no estaba, pero ocupando un gran espacioCuando opinaba sencilla y precisa. No he dejado de admirar su capacidad de esperar, de no criticar nunca la actuación de nadie y de pensar antes de hablar. Cosas de las que yo carezco en muchas ocasiones y hacen que nazca en mí una envidia sana hacia alguien tan especial.

Después fue pasando el tiempo y ya con más edad en una de esas reformas que hasta te quitan un poco la vocación, y con la edad ya cumplida, decidió jubilarse y al poco tiempo la vimos en la portería desempeñando otro puesto, otro lugar pero con la misma elegancia, con la misma capacidad de trabajo aunque hubiera cambiado de actividad. Y vuelvo a descubrir que los cargos y el currículum, solo son importantes en algunas ocasiones, pero lo que verdaderamente vale son las personas, lo que nos aportan y lo que las aportamos y además si tenemos la suerte de “regarlo” con un gran cariño… eso no se puede explicar, solo se pude sentir cuando has tenido el privilegio de haberlo vivido.

El año en que hizo las bodas de oro como religiosa quiso celebrarlas y fue de las pocas veces que la vi disfrutar siendo protagonista. Lo hicimos por todo lo alto como ella eligió. No faltó nadie. Me imagino que habrá quedado inmortalizado en un buen reportaje fotográfico, pues ella era muy aficionada y tenía fotos de casi todos los momentos de su vida.

Luego fueron pasando los años, en diciembre cumpliría 90 y pensábamos celebrarlo, no sé de qué manera. En verano se rompió la cadera, pero siguió siendo autónoma y desde hace casi un año no nos pudimos ver ni querer en persona aunque se adaptó a los nuevos tiempos y nos comunicábamos asiduamente por whatsapp.

Lo más triste es la que la situación que vivimos es no poder decir adiós en persona, es irse más sólo de lo que la propia muerte te obliga.

Me queda la esperanza de que sabías que mucha gente te quería y que de alguna manera estabas acompañada. Y de que tu fe te habrá ayudado en el camino.

Hasta luego Elisabeth. Siempre llevaré un poco de ti conmigo. Para muchos nunca te habrás ido del todo.

Inés Gayo Gil

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