Mi experiencia en Xalpixahuac- México

En estos días se cumple un año de mi llegada a México, una experiencia que ha marcado mi vida, por la situación de salir de mi zona de confort y por el gran regalo de conocer personas que se han quedado en mi corazón.

En este momento me gustaría compartir, lo que supuso mi primera vez en Xalpixahuac.

Llegar a esa zona de México cuando apenas habíamos celebrado el nacimiento de Jesús, fue una experiencia importante en mi vida. ¿Por qué?, en la montaña de Guerrero entré en muchos lugares donde bien podía ser el establo de Belén, donde nace Jesús cada día y en esa gente.

Era mi primer contacto con una pobreza tan fuerte. En mi “primer mundo” había visto pobreza, pero nada igual a la de allí.  Nunca se deben hacer comparaciones, abrir los ojos y el corazón para ver  lo mucho que  falta para que nuestro mundo sea el Reino de Dios que Jesús soñó. Hay que luchar y transformar, nuestras manos y nuestros corazones  pueden acercarse a la realidad de tantas personas con cariño y respeto.

Como decía en Xalpixahuac, entré en Belén, en esas casas de madera frías por fuera por el clima y calientes por dentro por las gentes, donde olía a sencillez , humildad y acogida, esto hacía olvidar el frío.

En las experiencias allí vividas, en esos rostros, en esas realidades duras que palpé, también contemplé a ese Cristo crucificado que sigue sufriendo por esas injusticias. Realidades duras y sin embargo en varias personas, en las jóvenes del encuentro y en los niños, encontré las sonrisas más limpias, la creatividad más pura  y sobre todo presencia de Dios en sus vidas, que me hizo cuestionarme en qué burbuja estamos sumergidos en el primer mundo, que no disfrutamos con nada y lo tenemos todo.  Aquí que no tienen nada, disfrutan de lo poco que tienen y no sólo eso, sino que lo comparten con toda la generosidad, sin esperar nada a cambio.

Uno de los días oí de una de las jóvenes que no necesitaba comprar mucho, porque tenía todo lo necesario, me llegó a lo más hondo. Nosotros instalados en el “por si acaso”  compramos y compramos cosas  que muchas veces ni usamos.

Si la experiencia del compartir con las muchachas fue fuerte, nada como entrar en aquella pequeña sala de Coapala y hablar de la buena noticia aquel grupo de mujeres. Sentí vergüenza por eso, porque muchas veces en nuestro “primer mundo”  nos olvidamos de su sufrimiento, de sus necesidades y de que tienen los mismos derechos que nosotras, para estas mujeres que estuviéramos allí compartiendo un rato con ellas era ya buena noticia.

En esa pequeña sala también reconocí a las mujeres de M. Gertrudis, cuantas tardes no estaría ella así, en su casa, escuchando, enseñando o simplemente siendo presencia, con aquellas a quienes eran los crucificados de su época, siendo evangelio vivo con quienes no tenían la misma suerte que ella, dedicando ese trato humano que dignifica a cada persona.

Vi la inocencia y la alegría en aquellos niños de pies descalzos que esperaban a sus madres, jugando y disfrutando con lo poco que tenían, difícil de no comparar con los niños que yo conozco, siempre insatisfechos y no disfrutando con lo que tienen y lo que es peor, no jugando libres porque viven atados a una máquina.

Y también vi el dolor en las injusticias que aún sufren las mujeres, en esta zona, a causa de la pobreza y el machismo, apenas tienen derechos reales, aún hay mucho por andar. En esa realidad vi claro lo vivo que sigue siendo nuestro carisma, esa renovación de la sociedad, en especial en las mujeres, ellas y nosotras somos el motor de la vida, no por feminismo, sino porque con nuestra forma de ser mujer podemos hacer distinta nuestra vida, la familia,  y la sociedad.

En todos los enclaves filipenses mejicanos he sentido un calor especial y una acogida de hermanos, puedo decir que sentí como en casa en todos esos  lugares, en la comunidad de ciudad México, en Ezequiel Montes, San Sebastián,  Xalpi y Tulancingo. Durante mi estancia pude sentir  el carisma filipense que se palpaba en todos los lugares,  allí  percibí y sobre todo la grandeza de Dios presente en los más sencillos.

Sólo pido tener una mirada clara y un corazón puesto en Dios, para recorrer esta experiencia con sencillez y gratitud, por muchos obstáculos que haya que vencer, incluida yo misma y mis falsas necesidades, merece la pena conocer a mujeres tan valientes. También pido a Dios su bendición para estas hermanas mías, filipenses que las acompañan.

Silvia Martínez RF

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