DÍA 9: GASTAR LA VIDA POR EL REINO

                       «El que pierda su vida por mí la encontrará»                                                                    (Mt 10,37-42)

El amor a Dios tiene nombre y apellido, es nuestro prójimo. No podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos a nuestro prójimo a quien sí vemos. A lo largo del día encontramos personas en el camino. Ciertamente no sabremos sus nombres, pero tienen rostro, tienen una historia y está en nosotros el que esas historias queden tocadas por la gracia de Dios a través de nuestro testimonio.

1. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí
Quien toma radicalmente esta expresión de Jesús puede pensar que el mismo Dios intenta separar a la familia. Pero no es así. Hay que ver esto en su contexto y no sólo de manera parcial. Todo esto se enmarca en el seguimiento de Jesús tomando la propia cruz, en ese perder la propia vida en Cristo para encontrarla nuevamente.

Jesús no está diciendo que nos quitemos la vida, sino caminar por los caminos de la conversión, del cambio de mentalidad, cambio de vida hacia algo mejor. El camino que Jesús nos propone es un camino de santificación, y seguirlo a veces implica decirle «no» a las sugerencias familiares materialistas para seguir con un «sí» una misión trascendente. Y ese «no» es un perderse para hallarse. En ningún momento se dice que el «no» significa una separación radical de la familia.

2. El que pierda su vida por mí la encontrará
Que pierda la vida por Cristo quiere decir que el «hombre nuevo» revestido de la gracia de Dios sobresalga al «hombre viejo» guiado por las pasiones desordenadas. Quiere decir que, revestidos de generosidad venzamos la indiferencia, arropados por la caridad hagamos a un lado el odio y el rencor.

Que pierda esa vida materialista, de consumismo desenfrenado y relativista para que impere en todo momento la vida de la gracia, y que sabe poner a Dios primero, por encima de todo y de todos, sus mandamientos, sus sacramentos, la vida de oración, el apostolado, la acción solidaria ante el más necesitado: perderse al mundo para hallarse en Cristo.

3. El que me recibe, recibe a Aquel que me envió
Aquí está la razón última por la cual debemos «perdernos» para estar con Cristo, porque estar con Cristo es estar con el Padre que lo envió, meta última de nuestro peregrinar en esta vida.

Recibirlo a Él es dejarlo actuar en nuestra vida, dejar que sea Él quien reine en nuestra historia. Es abrirle la puerta de nuestro hogar, de nuestra familia, de nuestro trabajo. Es ese saber decir «no» a muchas opciones mundanas para decir un gran «sí» a las cosas de Dios. Haciendo esto lograremos avanzar cada día hacia nuestra meta final: la eternidad con Dios.

Propósito: Ver qué es aquello que no permite a Dios obrar en mi vida y abrirle la puerta de mi corazón para que Él reine.

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