ACTIVANDO LA ESPERANZA

El nuevo año nos saluda, y con él los rostros alegres  y los abrazos cargados de emoción inyectan en nosotras la energía para, con actitud positiva y esperanzadora,  montarnos en el tren que nos permite  vivir este año como una posibilidad de encuentro con el Cristo encarnado,  cercano de aquellos, que desde la falta de oportunidades cuentan con la preferencia de suya. Quizás en  la simpleza de unos Bienvenidos queremos expresar el deseo de decirle  a cada niño, joven o adolescente, que nos alegramos de poder completar la obra que el Señor pone cada día en nuestras manos para ser completada con nuestra parte, no hecha de cualquier manera, sino más bien,  buscando acercarnos al sueño de Dios.

Activo mis mejores deseos de éxito para los alumnos  en sus labores escolares, esas que creo que  se completan cuando desde la preocupación y la ocupación, junto a ellos y con ellos,  hago de las  clases el espacio para crecer y  para creer en la posibilidad de ser  mejores.

Acojo  con alegría a cada uno,  con  la mejor disposición y buena voluntad, con la certeza de que el espíritu nos anima para recibir a nuestros alumnos y acompañar a cada uno de ellos en su proceso de crecimiento.

En la cuaresma pasada el Papa Francisco nos hacía la invitación a   “reconocer el otro como  un don” y a abrir la puerta de nuestro corazón a ese  otro, porque cada persona es un don que nos regala la gracia de reconocer en él o en ella el rostro de Cristo”. Y no está mal alimentar ese sentimiento, ese querer que en cada niño descubramos la oportunidad de hacer práctico el amor  y ejercicio el servicio, de reconocer el sacramento que encierra cada vida.

He tratado de encontrar explicación a un fenómeno que se  generó esté año, cuánta energía, cuántos rostros ansiosos de recibir una sonrisa de acogida y un abrazo que cubriera la espalda de cada uno de los que salían al encuentro o esperaban bajo la sombra del árbol en el  patio. El primer día, un día que nos dejó sin aliento, pero que despertó la esperanza de saber que un buen año nos espera, que es cuestión de alzar nuestros corazones y dejarnos influir por el gozo que da el ser colaboradoras de la gran obra que Dios realiza en cada uno.

El nuevo año nos saluda, y con él los rostros alegres  y los abrazos cargados de emoción inyectan en nosotras la energía para, con actitud positiva y esperanzadora,  montarnos en el tren que nos permite  vivir este año como una posibilidad de encuentro con el Cristo encarnado,  cercano de aquellos, que desde la falta de oportunidades cuentan con la preferencia de suya. Quizás en  la simpleza de unos Bienvenidos queremos expresar el deseo de decirle  a cada niño, joven o adolescente, que nos alegramos de poder completar la obra que el Señor pone cada día en nuestras manos para ser completada con nuestra parte, no hecha de cualquier manera, sino más bien,  buscando acercarnos al sueño de Dios.

Activo mis mejores deseos de éxito para los alumnos  en sus labores escolares, esas que creo que  se completan cuando desde la preocupación y la ocupación, junto a ellos y con ellos,  hago de las  clases el espacio para crecer y  para creer en la posibilidad de ser  mejores.

Acojo  con alegría a cada uno,  con  la mejor disposición y buena voluntad, con la certeza de que el espíritu nos anima para recibir a nuestros alumnos y acompañar a cada uno de ellos en su proceso de crecimiento.

En la cuaresma pasada el Papa Francisco nos hacía la invitación a   “reconocer el otro como  un don” y a abrir la puerta de nuestro corazón a ese  otro, porque cada persona es un don que nos regala la gracia de reconocer en él o en ella el rostro de Cristo”. Y no está mal alimentar ese sentimiento, ese querer que en cada niño descubramos la oportunidad de hacer práctico el amor  y ejercicio el servicio, de reconocer el sacramento que encierra cada vida.

He tratado de encontrar explicación a un fenómeno que se  generó esté año, cuánta energía, cuántos rostros ansiosos de recibir una sonrisa de acogida y un abrazo que cubriera la espalda de cada uno de los que salían al encuentro o esperaban bajo la sombra del árbol en el  patio. El primer día, un día que nos dejó sin aliento, pero que despertó la esperanza de saber que un buen año nos espera, que es cuestión de alzar nuestros corazones y dejarnos influir por el gozo que da el ser colaboradoras de la gran obra que Dios realiza en cada uno.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR